lunes, 6 de noviembre de 2017

PARÍS.27 DE AGOSTO DE 2014.


27 DE AGOSTO. MIÉRCOLES
2
  La mañana es fresca y lluviosa. En el comedor del hotel hay un jardín tras gruesos cristales. Un verdadero bosque en miniatura con sus arbustos, grama y enredaderas en las veredas. Observas y escuchas campanadas lejanas, mientras la infancia vuelve en el recuerdo.
Natalia y yo damos un paseo entre las tiendas de frutas y cafetines. Un mendigo levanta una carpa sobre las rejas de un sistema de calefacción. Vamos al Metro. Las estaciones son un repaso de historia y filosofía: Robespierre, Voltaire, Buchenwald.
 En  Buchenwald se hicieron  experimentos médicos para probar vacunas sin importar los resultados fatales. Pero lo que más llama la atención en este campo de concentración  por su sencilla construcción y su infame y criminal uso es un madero para medir la estatura. El prisionero está confiado por encontrarse  en un recinto médico. Las batas blancas son sagradas, piensa. Tal vez,  luego será pesado; y el galeno y la enfermera   trazarán líneas sobre unos gráficos y determinará su estado nutricional. Se para contra el palo numerado sin sospechar que a la altura de la nuca el verdugo abre una ventanilla y dispara.
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Nos sentamos en el café El Gimnasio, donde paradójicamente nadie se mueve y todos fuman y liban.
Nos detenemos en una librería al aire libre. Los libros son viejos y baratos; pero sólo hay dos en español: un método chino de adivinaciones y Diario de invierno de Paul Auster , del cual leo el principio y el fin: “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro.”
“Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas ¿Cuántas mañanas quedan? Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto. Has entrado en el invierno de tu vida!”. Recuerdo a Adriano González León y su novela “Viejo”: Siempre es más fácil que a uno lo acepten por loco que por viejo.
   En la noche abrimos una botella creyendo que es champaña francesa pero resultó ser cerveza belga, espesa y amarga.
Continúo mi lectura del Spleen de Paris: La gran desdicha de no poder estar solos. Baudelaire cita a Pascal: “Casi todas nuestras desdichas  provienen  de no haber permanecido en el cuarto”. Entonces, necesitamos  una celda, un retiro para encontrarnos con  nuestro  propio espíritu.

 Me duermo y sueño con la librería al aire libre que vi en la mañana. Todos los libros están en español y yo buscó uno en francés.




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