27 DE AGOSTO. MIÉRCOLES
2
Natalia
y yo damos un paseo entre las tiendas de frutas y cafetines. Un mendigo levanta
una carpa sobre las rejas de un sistema de calefacción. Vamos al Metro. Las
estaciones son un repaso de historia y filosofía: Robespierre, Voltaire, Buchenwald.
3
Nos
sentamos en el café El Gimnasio, donde paradójicamente nadie se mueve y todos
fuman y liban.
Nos
detenemos en una librería al aire libre. Los libros son viejos y baratos; pero
sólo hay dos en español: un método chino de adivinaciones y Diario de invierno
de Paul Auster , del cual leo el principio y el fin: “Piensas que nunca te va a
pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a
quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte
todas, igual que le suceden a cualquier otro.”
“Tus
pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la
ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi
blanca, no se ve el sol. Te preguntas ¿Cuántas mañanas quedan? Se ha cerrado
una puerta. Otra se ha abierto. Has entrado en el invierno de tu vida!”. Recuerdo
a Adriano González León y su novela “Viejo”: Siempre es más fácil que a uno lo
acepten por loco que por viejo.
En la noche abrimos una botella creyendo que
es champaña francesa pero resultó ser cerveza belga, espesa y amarga.
Continúo
mi lectura del Spleen de Paris: La gran desdicha de no poder estar solos.
Baudelaire cita a Pascal: “Casi todas nuestras desdichas provienen de no haber permanecido en el cuarto”.
Entonces, necesitamos una celda, un
retiro para encontrarnos con nuestro propio espíritu.
Me duermo y sueño con la librería al aire
libre que vi en la mañana. Todos los libros están en español y yo buscó uno en
francés.
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