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París
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DE AGOSTO.JUEVES
Son
las seis de la mañana. Todo está oscuro aún, pero hay gente en las paradas de
buses. Cuando aparece más luz salgo a dar un paseo y siento el frío otoñal con
sus vientos frescos. Las calles están semisolitarias. El cielo es de un azul
claro con largos trazos blancos como caminos nebulosos.
Llegó
hasta la calle Stalingrado, llamada así en honor de la batalla más sangrienta
en la historia de la humanidad. Murieron más de dos millones de personas. Los
soviéticos derrotaron a los alemanes y eso significó el principio del fin del
nazismo en Europa.
Hombres
uniformados en grandes carros lavan las calles. Las mangueras arrojan agua a
muy alta presión. Las casas tienen ventanas muy bajas y sin rejas. Me detengo
en un estacionamiento de bicicletas y observo como varios trabajadores plantan un
árbol grande con mucho esmero y lo rodean con una caja de madera para
protegerlo.
Muy
cerca está la iglesia de San Paul, construida en el siglo XII. Está rodeada de
palomas. Aquí están las campanas que interrumpen mi sueño para regocijo del
espíritu porque hacen más misterioso el
silencio de la noche y agudizan la reflexión filosófica.
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Natalia
y yo entramos al Metro y hacemos la pequeña cola para comprar los boletos. Me aparto
para consultar algo con mi esposa, e inmediatamente regreso a mi sitio. Un
negro insolente me reclama y trato de explicarle que estoy en la cola desde
hace algún rato. Sin embargo, insiste y sigue bramando. Prefiero guardar
silencio para no decir lo que pienso en realidad y pasar por racista. Lo bueno
de las lenguas romances es que siempre nos entendemos, especialmente cuando de
ofender se trata. Algo que dijo Mark
Twain me da fuerza y paciencia: Nunca
discutas con un idiota, hará que te rebajes a su nivel y allí te ganará por
experiencia.
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Desde
que leí “Cazadores de microbios”, cuya figura estelar es Luis Pasteur, soñaba
con visitar su instituto, centro de proezas en descubrimientos médicos. Sobre
un mapa Natalia y yo buscamos su ubicación y todo parece conspirar alrededor de
los asuntos hipocráticos: la estación Corvisart nos recuerda al médico personal
de Napoleón, adelantado cardiólogo que popularizó la percusión para indagar con
golpecitos en el tórax y otras cavidades acerca de los procesos internos
fisiopatológicos. Los diferentes sonidos revelaban los secretos y
la naturaleza del posible mal en tiempos cuando los dedos y los oídos
eran los verdaderos y únicos instrumentos diagnósticos. La calle Brown-Séquard
me remite a las clases de neurología y a un tipo específico de parálisis por
lesión de la médula espinal.
7
En
la salida del Metro un violinista se dedica con devoción a su arte con la
esperanza de convertirlo en trabajo remunerado a través de un platillo situado
estratégicamente en el suelo y sobre el
cual ha tenido el especial cuidado de colocar algunas monedas por aquello de la
atracción de los semejantes. La música es sublime y su hermosura se transforma
en un tintinear para regocijo del artista.
8
Caminamos
por el boulevard Pasteur, donde casi todo lleva el nombre del sabio: el café
Pasteur, la farmacia Pasteur, etc. El suelo es una verdadera alfombra de hojas
amarillas de castaños y sus frutos. Nos
acercamos a una pareja de ancianos para
indagar por el instituto. Les hablamos en perfecto español y ellos nos
responden en perfecto francés:
-Alexander
les explicará, nos dicen amablemente. El joven Alexander es el hijo de ellos y
nos orienta con detalles sobre la dirección que buscamos.
Llegamos
al Hospital Saint Jacques, cerca del
Instituto Pasteur, ejemplo de la
voluntad y fuerza de un colectivo unido
porque se fundó con la colaboración de la gente común para atender a los
pobres. El hospital en un principio
aplicó tratamientos homeopáticos, por cuanto en Paris vivió y trabajó Samuel
Hahnemann, el fundador de esa especialidad.
En
el Instituto Pasteur laboró Jules Bordet , descubridor del bacilo que produce la tos
ferina e inventor de la vacuna contra esa enfermedad que en tiempos de mi
abuela Matilde curaban con el agua que dejaba el burro. La abuela me
contaba que se le daba agua a un burro
en una ponchera y la sobrante se la bebía el
niño enfermo. Ilia Metchnikoff , quien desempeñó labores directivas en
la institución, descubridor de la fagocitosis ,demostró la función de los
glóbulos blancos , lo que equivale a decir qué es el pus. Luc Montagnier,
descubridor del virus del sida, es la cima del Instituto Pasteur.
9
Regresamos.
El viento arrastra las hojas amarillas
que se elevan en remolino; y de los castaños se desprenden frutos que
recogemos. Natalia y yo nos sentamos en uno de los bancos del boulevard para
pensar en nada y sólo contemplar la arbolada y el trajinar humano.
Entramos
al Paraíso, un café cercano, y pedimos un plato de la casa para probar. Al cabo
de un largo rato nos sirven unas pastas quemadas. Al salir volteo y releo el
aviso y pienso que fue un error: han debido escribir Café El Infierno.
En
el Metro un artista chino extrae de los instrumentos que lo rodean unas notas
musicales de su país, creo. La música es bella y la gente se agolpa para
escucharla.
10
En
la noche damos un paseo por la ciudad iluminada. Le Monde; Arco de Triunfo; el
Túnel del amor y el recuerdo ingrato de la princesa de Gales; la Torre de
Eiffel y sus cambios de luces
intermitentes sobre cuya estructura centenaria se detienen todas las miradas.
Me pierdo entre la multitud bulliciosa y alegre y llego hasta un bosquecillo de
abedules, castaños y arces.
Regresamos
en bus. Una música suave, relajante, casi imperceptible acompaña nuestros
pensamientos. Es de madrugada y las calles están casi solitarias; sin embargo,
el chofer se detiene en cada semáforo. Alguno que otro joven pasea distraídamente.
El conductor se pierde y por largo tiempo no
puede ubicar el hotel. Divagamos por el París silencioso de calles estrechas,
limpias y llenas de flores para disfrute de todos nuestros sentidos. La
incertidumbre es parte activa y necesaria de la vida. Lo no planificado, muchas
veces, es más conveniente y hermoso que lo proyectado con prudencia
cronométrica.
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