PARIS
26 DE AGOSTO DE 2014.
MARTES
1
Natalia y yo llegamos a Paris a las tres de la
tarde. Hace más de dos décadas estuvimos aquí con morrales y latas de
conservas. En aquella ocasión viajamos desde Moscú en tren y caminamos sin
rumbo fijo. Visitamos museos, plazas y nos sentamos en un café de los Campos
Elíseos. Compartimos pan y sardinas con algunos mendigos. Charlamos con
mochileros como nosotros y disfrutamos de todo con nada con sólo recurrir a la
ociosidad creativa como meta final. Al caer la noche nos fuimos a la estación de trenes para
dormir en bancos; y cuando los policías nos despertaban continuábamos soñando
en el suelo.
En esta ocasión un taxi nos lleva del
aeropuerto hasta el Hotel Le Franklin. Una chica delgada con lentes
gruesos nos recibe. Es francesa de origen hindú. Habla bien el español. Nos
orienta con algunas direcciones. Salimos y compramos algo para la cena: queso
Rond des vignes con un olor espantoso pero muy sabroso, frutas y una botella de
vino tinto. Cae una lluvia menuda.
El
cuarto está decorado con una pintura en claroscuro: un hombre en el desierto le
cambia una herradura a su caballo. Mientras tomo sorbos de vino leo de Baudelaire El
spleen de Paris. Me interesa cuando habla de la angustia por la
curiosidad. En efecto, la curiosidad es el motor de la vida, cuyo fin es el saber.
Pero al saber que no todo lo podrás saber conlleva a la angustia.
En el poema El
crepúsculo dice: “Cae el día. Una profunda calma nace en los pobres de
espíritu”. Lógico, están cansados por el trabajo y deben reposar.
Para otros, en cambio, luego del trabajo para
sobrevivir empieza el trabajo espiritual y con las primeras sombras viene el tormento de pensar y lacerase el pecho y
el cerebro con preguntas sin respuestas .Extenuados, con el sueño pisándoles
los talones, están más confundidos que antes. Es la paradoja de los que se
creen elegidos cuando se torturan con el pensamiento. Serán elegidos pero no
felices. Más felices son los más ignorantes, aunque la
posteridad (¿Qué es y para qué sirve?) luego les pase factura, según lo dijo
Borges en Fragmentos de un evangelio apócrifo:
“Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en
la tierra”. En esa misma línea se insertan las palabras de Oswaldo Vigas
cuando le preguntaron si creía en Dios. La respuesta no se hizo esperar:
-En
el día, no; pero en la noche, sí.
El
poeta Enrique Mujica me dijo una vez: el verdadero trabajo para los poetas
empieza precisamente cuando termina el día.
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