domingo, 5 de noviembre de 2017

PARIS.MARTES. 26 DE AGOSTO.2014


PARIS

26 DE AGOSTO DE 2014. MARTES
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 Natalia y yo llegamos a Paris a las tres de la tarde. Hace más de dos décadas estuvimos aquí con morrales y latas de conservas.  En aquella ocasión  viajamos desde Moscú en tren y caminamos sin rumbo fijo. Visitamos museos, plazas y nos sentamos en un café de los Campos Elíseos. Compartimos pan y sardinas con algunos mendigos. Charlamos con mochileros como nosotros y disfrutamos de todo con nada con sólo recurrir a la ociosidad creativa como meta final. Al caer la noche  nos fuimos a la estación de trenes para dormir en bancos; y cuando los policías nos despertaban continuábamos soñando en el suelo.
 En esta ocasión un taxi nos lleva del aeropuerto  hasta el Hotel  Le Franklin. Una chica delgada con lentes gruesos nos recibe. Es francesa de origen hindú. Habla bien el español. Nos orienta con algunas direcciones. Salimos y compramos algo para la cena: queso Rond des vignes con un olor espantoso pero muy sabroso, frutas y una botella de vino tinto. Cae una lluvia menuda.
El cuarto está decorado con una pintura en claroscuro: un hombre en el desierto le cambia una herradura a su caballo. Mientras tomo sorbos de vino leo de  Baudelaire El  spleen de Paris. Me interesa cuando habla de la angustia por la curiosidad. En efecto, la curiosidad es el motor de la vida, cuyo fin es el saber. Pero al saber que no todo lo podrás saber conlleva a la angustia.
En el poema El crepúsculo dice: “Cae el día. Una profunda calma nace en los pobres de espíritu”. Lógico, están cansados por el trabajo y deben reposar.  

 Para otros, en cambio, luego del trabajo para sobrevivir empieza el trabajo espiritual y con las primeras sombras viene  el tormento de pensar y lacerase el pecho y el cerebro con preguntas sin respuestas .Extenuados, con el sueño pisándoles los talones, están más confundidos que antes. Es la paradoja de los que se creen elegidos cuando se torturan con el pensamiento. Serán elegidos pero no felices.  Más  felices son los más ignorantes, aunque la posteridad (¿Qué es y para qué sirve?) luego les pase factura, según lo dijo Borges  en  Fragmentos de un evangelio apócrifo: “Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra”. En esa misma línea se insertan las palabras de  Oswaldo Vigas  cuando le preguntaron si creía en Dios. La respuesta no se hizo esperar:








-En el día, no; pero en la noche, sí.                                    
El poeta Enrique Mujica me dijo una vez: el verdadero trabajo para los poetas empieza precisamente cuando termina el día.


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