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Seguimos en Ámsterdam. La mañana es fría. Un manto de neblina cubre la
ciudad en cuyas afueras, en un espacio campestre, unas vacas pastan y unos
conejos saltan tranquilamente. Los molinos, que tanto inspiraron a Rembrandt,
adornan el panorama. A lo lejos se divisa un bosque.
El guía nos habla de Pedro El Grande, zar de Rusia, que visitó a Holanda de
incognito para conocer y aprender en 1697. El zar se disfrazó para que no lo
recocieran, pero todos lo identificaron porque medía más de dos metros. Trabajó
en un astillero de Ámsterdam y aprendió a construir barcos. Al regresar a Rusia
formó una flota gigantesca con la que emprendió el engrandecimiento de su país.
Yo leí una biografía en tres tomos de Pedro I, escrita por Alexei Tolstoi; y
desde entonces admiro a este zar porque con sus propias manos construyó barcos
y la ciudad que lleva su nombre: San Petersburgo. Los revolucionarios le
quitaron ese nombre y le pusieron Leningrado, pero luego de la caída de la
Unión Soviética recuperó su antigua denominación. En mi biblioteca conservo los libros de
Tolstoi junto a una estatuilla del zar.
En la noche nos acercamos a un coffee shop donde venden marihuana para
fumar y también para comer en forma de pasteles. El tufo de marihuana se siente
no solamente en este establecimiento sino también en toda la ciudad. La
marihuana es legal en muchos países y es muy efectiva como medicina. Es un
excelente analgésico.
De aquí partimos al barrio rojo para ver a las prostitutas que ejercen su
profesión de manera legal como cualquier otro trabajo. Natalia y otras mujeres
del grupo se niegan ir. Argumentan razones “obvias”. Yo creo que es una
oportunidad para conocer y ver todo “con mis propios ojos”. Nos dicen que
debemos guardar silencio y evitar cualquier gesto que pueda ser interpretado
como burla. No es aconsejable tomar fotografías.
Caminamos en silencio por las calles del barrio iluminadas con luces rojas.
Las mujeres se exhiben es unas vitrinas de vidrio como si fueran una mercancía
cualquiera. Cada mujer tiene un hombre
para protegerla que casi siempre es su propio esposo. Hay féminas de todos los
tipos y gustos: desde negras hasta blancas con todos los matices posibles.
Altas, medianas y hasta enanas. Flacas, gordas y supergordas que casi no caben
en el escaparate de cristal; y no podemos evitar una mueca de risa.
La libre venta de marihuana y el barrio rojo son parte de la política de
tolerancia de los holandeses: haz lo que te dé la gana sin molestar a nadie.
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