martes, 21 de noviembre de 2017

LONDRES

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Miércoles .3 de septiembre.
La mañana es oscura, fría y con fuertes vientos. Vamos a la Torre de Londres, en cuyo foso, vestigio medieval defensivo, hay una red de amapolas rojas de cerámica para recordar a los caídos durante la Primera Guerra Mundial. Este  lugar  está lleno de historias reales y fantasmagóricas: aquí fueron ejecutados Ana Bolena y Tomás Moró, entre otros grandes personajes.  De Ana, la segunda esposa de Enrique VIII, se comenta que deambula por las noches, luego de ser decapitada, con su cabeza en los brazos.
Los cuervos vuelan de un lado a otro en los patios de la torre. Están muy bien amaestrados y en la noche regresan por las escaleras a sus cubículos en orden asombroso. Los cuervos son una tradición supersticiosa del alma inglesa: mientras vivan se mantendrá la monarquía.
 Luego de visitar las deslumbrantes joyas de la Corona, paseamos por la calle Oxford. Aunque no es diciembre hay luces navideñas.
Cerca del hotel donde nos hospedamos está una estación de Metro y en sus alrededores varios comercios donde se consiguen productos rusos y polacos. Compramos cervezas porque la tarde es calurosa.
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   Recorremos el Museo Británico, fundado por un médico coleccionista: Sir Hans Sloane . Cuando estudiaba en Moscú en las clases de filosofía nos hablaban de los estudios que Marx y Lénin realizaron es estos espacios. La mayoría de los servicios son gratis. Esa peculiaridad económica explica los días enteros que pasaba Rimbaud en estas salas en los inviernos londinense por la calefacción y la tinta que le proporcionaban para escribir sus versos.
Nos detenemos ante los Mármoles de Elgin  o piezas del Partenón. Aquí nos explican que a veces nos han enseñado la  noción errada e  idílica de la democracia ateniense; no obstante, los motivos reflejados en los frisos del Partenón demuestran que la vida en aquella época  del siglo V antes de  Cristo, en realidad no “eran paseos entre olivos llenos de sabiduría”, sino que estaba signada por el miedo a las guerras y a la ira de los dioses.
Hoy nos hemos  degradado en nuestros miedos al bajarnos del cielo: no tememos a los dioses, sino a los hombres, y más aún: a los delincuentes comunes.
Me intereso por la piedra Rosetta  y las momias egipcias. Más adelante está una exposición de momias de gatos, pero no llegamos hasta allí.  Natalia y yo Vamos a los cafetines que están en la entrada del museo. Hay un sol radiante para disfrutarlo al  aire libre con alguna bebida refrescante.
Uno de esos pensamientos, de los miles que nos cruzan a diario el cerebro, me viene. Recuerdo que estoy leyendo a Herodoto, quien cuando habla de Egipto menciona a  Bubastis, la ciudad donde se adoraba a los gatos. Hay nimiedades que a veces nos aturden con desproporcionada fuerza hamletiana : ¿subir o no subir nuevamente las inmensas escaleras del museo hasta los gatos embalsamados? Natalia dice que debemos subir porque no sabemos cuándo tendremos otra oportunidad.
Vencemos el cansancio y subimos hasta las momias felinas.
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 Soñé que un amigo de mi padre estaba enfermo y sería sometido a una intervención quirúrgica. No recuerdo el nombre de ese amigo, quien en el sueño se presentaba como un anciano de cien años.


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