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Miércoles
.3 de septiembre.
La
mañana es oscura, fría y con fuertes vientos. Vamos a la Torre de Londres, en
cuyo foso, vestigio medieval defensivo, hay una red de amapolas rojas de
cerámica para recordar a los caídos durante la Primera Guerra Mundial. Este lugar
está lleno de historias reales y fantasmagóricas: aquí fueron ejecutados
Ana Bolena y Tomás Moró, entre otros grandes personajes. De Ana, la segunda esposa de Enrique VIII, se
comenta que deambula por las noches, luego de ser decapitada, con su cabeza en
los brazos.
Los
cuervos vuelan de un lado a otro en los patios de la torre. Están muy bien
amaestrados y en la noche regresan por las escaleras a sus cubículos en orden
asombroso. Los cuervos son una tradición supersticiosa del alma inglesa:
mientras vivan se mantendrá la monarquía.
Luego de visitar las deslumbrantes joyas de la
Corona, paseamos por la calle Oxford. Aunque no es diciembre hay luces
navideñas.
Cerca
del hotel donde nos hospedamos está una estación de Metro y en sus alrededores
varios comercios donde se consiguen productos rusos y polacos. Compramos
cervezas porque la tarde es calurosa.
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Recorremos el Museo Británico, fundado por
un médico coleccionista: Sir Hans Sloane . Cuando estudiaba en
Moscú en las clases de filosofía nos hablaban de los estudios que Marx y Lénin
realizaron es estos espacios. La mayoría de los servicios son gratis. Esa
peculiaridad económica explica los días enteros que pasaba Rimbaud en estas
salas en los inviernos londinense por la calefacción y la tinta que le
proporcionaban para escribir sus versos.
Nos
detenemos ante los Mármoles de Elgin o
piezas del Partenón. Aquí nos explican que a veces nos han enseñado la noción errada e idílica de la democracia ateniense; no
obstante, los motivos reflejados en los frisos del Partenón demuestran que la
vida en aquella época del siglo V antes
de Cristo, en realidad no “eran paseos
entre olivos llenos de sabiduría”, sino que estaba signada por el miedo a las
guerras y a la ira de los dioses.
Hoy
nos hemos degradado en nuestros miedos
al bajarnos del cielo: no tememos a los dioses, sino a los hombres, y más aún:
a los delincuentes comunes.
Me
intereso por la piedra Rosetta y las
momias egipcias. Más adelante está una exposición de momias de gatos, pero no
llegamos hasta allí. Natalia y yo Vamos
a los cafetines que están en la entrada del museo. Hay un sol radiante para
disfrutarlo al aire libre con alguna
bebida refrescante.
Uno
de esos pensamientos, de los miles que nos cruzan a diario el cerebro, me
viene. Recuerdo que estoy leyendo a Herodoto, quien cuando habla de Egipto
menciona a Bubastis, la ciudad donde se
adoraba a los gatos. Hay nimiedades que a veces nos aturden con
desproporcionada fuerza hamletiana : ¿subir o no subir nuevamente las inmensas
escaleras del museo hasta los gatos embalsamados? Natalia dice que debemos
subir porque no sabemos cuándo tendremos otra oportunidad.
Vencemos
el cansancio y subimos hasta las momias felinas.
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Soñé que un amigo de mi padre estaba enfermo y
sería sometido a una intervención quirúrgica. No recuerdo el nombre de ese
amigo, quien en el sueño se presentaba como un anciano de cien años.
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