jueves, 23 de noviembre de 2017

BRUJAS

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Jueves 4 de septiembre
La mañana es fría y oscura con neblina. En el desayuno nos sirven muchos hongos preparados de muy variadas maneras. A las siete salimos de Londres. Un sol opaco se esconde entre nubarrones y cubre los campos donde pastan más ovejas que vacas. Casi a las nueve desaparece la neblina para dar paso a  un cielo claro y se siente un poco de calor.
A las diez nuevamente oscurece y un poco de tiempo más estamos en Folkestone, ciudad natal de William Harvey, descubridor de la circulación sanguínea.
En aquella época, hace más de cuatrocientos años, las ideas de Galeno  eran indiscutibles, por su autoridad y fama: decía  que la sangre venosa era producida constante e ilimitadamente en el hígado   y la arterial en el corazón.  Harvey hizo  un conteo y supuso que era imposible que el organismo produjera casi seis mil litros de sangre por día. Recordó el ciclo del agua, en el  cual el líquido es el mismo reciclado en una especie  de círculo: de la tierra se evapora, va  a las nubes y regresa con las lluvias. Está observación de un fenómeno de la naturaleza, le permitió, por simple comparación,  descubrir la circulación de la sangre.
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Pasamos el Eurotunel  en bus.  Muchos pensaban que podíamos ver vida marina en esa travesía subterránea del canal de la Mancha. Ingenuamente se prepararon para ver peces multicolores y gigantes acuáticos; pero no se  observa nada.
La gente simplemente sale, conversa en pequeños círculos o simplemente  camina por los pasillos herméticos del tren o trasbordador, sobre el cual están los automóviles.
Me acerco a una de las tertulias. Se habla de las religiones. Juan, el historiador mejicano, le pregunta a un señor que se declara ateo:
-¿A quién se dirige o invoca usted cuando está en dificultades? Yo digo ¡Dios mío, ayúdame!
Inmediatamente se escucha la respuesta:
-Dios es mi mente, mi fuerza de voluntad para enfrentar las circunstancias adversas.
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BÉLGICA
  Estamos de vuelta en  Calais a través de una carretera, a cuyos lados hay sembradíos, molinos de vientos y lagos con cisnes, pero sin el balet. En unos minutos llegamos a Dunkerque, ciudad famosa por la operación Dinamo durante la Segunda Guerra Mundial y que permitió la evacuación de más de trescientos mil soldados británicos, franceses y belgas en 1940. Los alemanes se detuvieron a las puertas de la ciudad, y esa inexplicable acción permitió la salvación de los militares aliados. El hecho ha pasado a la historia como el Milagro de Dunkerque.
En instantes cruzamos la frontera y entramos a Bélgica. El sol resplandece en todos los confines .El termómetro marca 23 grados centígrados.
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 Al llegar a Brujas, la ciudad de los puentes y canales, Natalia y yo decidimos pasear sin ningún guía por las calles de empedradas. Caminamos hasta el Lago del Amor, cuya leyenda recuerda a una joven, Minna, quien huyo para no casarse con un hombre que le imponía su padre. Los automóviles se confunden con las bicicletas y las carretas tiradas por caballos. Entre plazas, jardines y monumentos hay tiendas con todos los tipos de mercancías y  para todos los gustos. Las más visitadas son las de chocolate. En las esquinas los pintores trabajan y ofrecen sus obras, a las cuales todavía dan las últimas pinceladas.
Los canales representan cuadros de diferentes luces y matices. A veces se proyectan bajo una gran claridad; otras, reflejan un gran verdor por la arbolada que cubre sus costados.
Cercano a uno de los canales está el imponente hospital de San Juan, una construcción medieval de ladrillos  con chimeneas y  faroles. Allí fueron recluidos los enfermos en tiempos cuando la medicina era más oraciones que tabletas, aunque tenía su jardín de hierbas medicinales.
El movimiento vivo de la ciudad contrasta con el correr tranquilo de las aguas de los canales. Los carruajes tienen una parada final donde los caballos descansan. Hay un grifo del cual los hombres se abastecen de agua para sus animales. Luego de transitar por muchas calles entramos a la Catedral de San Salvador para en silencio contemplar las pinturas y retablos.
En las afueras de la catedral la gente descansa y nosotros esperamos a nuestros compañeros de viaje.


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