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Jueves
4 de septiembre
La
mañana es fría y oscura con neblina. En el desayuno nos sirven muchos hongos
preparados de muy variadas maneras. A las siete salimos de Londres. Un sol
opaco se esconde entre nubarrones y cubre los campos donde pastan más ovejas
que vacas. Casi a las nueve desaparece la neblina para dar paso a un cielo claro y se siente un poco de calor.
A
las diez nuevamente oscurece y un poco de tiempo más estamos en Folkestone,
ciudad natal de William Harvey, descubridor de la circulación sanguínea.
En
aquella época, hace más de cuatrocientos años, las ideas de Galeno eran indiscutibles, por su autoridad y fama:
decía que la sangre venosa era producida
constante e ilimitadamente en el hígado y la arterial en el corazón. Harvey hizo
un conteo y supuso que era imposible que el organismo produjera casi
seis mil litros de sangre por día. Recordó el ciclo del agua, en el cual el líquido es el mismo reciclado en una
especie de círculo: de la tierra se
evapora, va a las nubes y regresa con
las lluvias. Está observación de un fenómeno de la naturaleza, le permitió, por
simple comparación, descubrir la
circulación de la sangre.
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Pasamos
el Eurotunel en bus. Muchos pensaban que podíamos ver vida marina
en esa travesía subterránea del canal de la Mancha. Ingenuamente se prepararon
para ver peces multicolores y gigantes acuáticos; pero no se observa nada.
La
gente simplemente sale, conversa en pequeños círculos o simplemente camina por los pasillos herméticos del tren o
trasbordador, sobre el cual están los automóviles.
Me
acerco a una de las tertulias. Se habla de las religiones. Juan, el historiador
mejicano, le pregunta a un señor que se declara ateo:
-¿A
quién se dirige o invoca usted cuando está en dificultades? Yo digo ¡Dios mío,
ayúdame!
Inmediatamente
se escucha la respuesta:
-Dios
es mi mente, mi fuerza de voluntad para enfrentar las circunstancias adversas.
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BÉLGICA
Estamos de vuelta en Calais a través de una carretera, a cuyos
lados hay sembradíos, molinos de vientos y lagos con cisnes, pero sin el balet.
En unos minutos llegamos a Dunkerque, ciudad famosa por la operación Dinamo
durante la Segunda Guerra Mundial y que permitió la evacuación de más de
trescientos mil soldados británicos, franceses y belgas en 1940. Los alemanes
se detuvieron a las puertas de la ciudad, y esa inexplicable acción permitió la
salvación de los militares aliados. El hecho ha pasado a la historia como el
Milagro de Dunkerque.
En
instantes cruzamos la frontera y entramos a Bélgica. El sol resplandece en
todos los confines .El termómetro marca 23 grados centígrados.
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Al llegar a Brujas, la ciudad de los puentes y
canales, Natalia y yo decidimos pasear sin ningún guía por las calles de
empedradas. Caminamos hasta el Lago del Amor, cuya leyenda recuerda a una
joven, Minna, quien huyo para no casarse con un hombre que le imponía su padre.
Los automóviles se confunden con las bicicletas y las carretas tiradas por
caballos. Entre plazas, jardines y monumentos hay tiendas con todos los tipos de
mercancías y para todos los gustos. Las
más visitadas son las de chocolate. En las esquinas los pintores trabajan y
ofrecen sus obras, a las cuales todavía dan las últimas pinceladas.
Los
canales representan cuadros de diferentes luces y matices. A veces se proyectan
bajo una gran claridad; otras, reflejan un gran verdor por la arbolada que
cubre sus costados.
Cercano
a uno de los canales está el imponente hospital de San Juan, una construcción
medieval de ladrillos con chimeneas
y faroles. Allí fueron recluidos los
enfermos en tiempos cuando la medicina era más oraciones que tabletas, aunque
tenía su jardín de hierbas medicinales.
El
movimiento vivo de la ciudad contrasta con el correr tranquilo de las aguas de
los canales. Los carruajes tienen una parada final donde los caballos
descansan. Hay un grifo del cual los hombres se abastecen de agua para sus
animales. Luego de transitar por muchas calles entramos a la Catedral de San
Salvador para en silencio contemplar las pinturas y retablos.
En
las afueras de la catedral la gente descansa y nosotros esperamos a nuestros
compañeros de viaje.
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