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Allí
mismo en la Plaza España está ubicada una estatua del compositor Béla Bartók,
quien solía visitar Bruselas. Confieso que no lo conocía y por eso investigué
sobre su vida y busqué su música para escucharla y apreciarla. Bártok
(1881-1945) era rumano. La estatua, de bronce, se inauguró en 1995 con motivo
de los 50 años de su muerte. Estudió y difundió la música folclórica de Europa
Oriental. Era un genio: diferenciaba los tipos de música antes de empezar
hablar y tocaba el piano antes de los cuatro años. Vivió un tiempo en Ucrania
al morir el padre. A los nueve años ya era compositor, y a los once daba
conciertos. Se dedicó al folclore cuando escuchó a una niñera cantar canciones
folclóricas a los niños. Este hecho demuestra una vez más que nuestras
inclinaciones y preferencias en la vida son sólo consecuencias del azar en la
mayoría de los casos. Bártok empezó visitar pueblos para indagar sobre su
música al mismo tiempo que llega al ateísmo. Quién sabe cómo llegó hasta allí.
¿Conociendo a la gente más humilde en sus creencias más sencillas e incomprensibles
por la falta de lógica? Pero luego será unitarista: creer en solo dios y negar
la trinidad. Durante la Segunda Guerra Mundial se negó a colaborar con los
nazis y les prohibió que usaran su música. Mientras escribo escucho su música y
reconozco que jamás había escuchado semejantes sonidos, los cuales me parecen
primitivos. Bueno, no conozco de música en general; no obstante Bártok está
catalogado como uno de los genios musicales del siglo XX. Cuando enfermó de
leucemia no aceptaba ayudas por considerarlas limosnas y solicitaba trabajo
para solventarse por su propia cuenta. Estaba al borde de la muerte, pero
mantenía intacto el sentido de la dignidad.
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