SÁBADO.
30 DE AGOSTO
VERSALLES
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El
día es claro y seco. Tenemos el cuerpo adolorido de tanto subir y bajar
escaleras en el Louvre. Vamos al bosque de Bolonia poblado de lagos entre olmos
cedros y castaños. Luego al bosque de
Saint Cloud y más tarde nos
dirigimos al Palacio de Versalles con
sus extensos y hermosos jardines.
Las
innumerables estatuas que nos remiten a la mitología griega, los estanques, las
fuentes y la música clásica de fondo nos hacen creer que es cierto lo afirmado por uno de los reyes franceses:
aquí se pueden sostener charlas divinas. Se dice que el palacio se inauguró con
recitales de poemas medievales y con el Tartufo de Moliere.
Versalles fue la residencia de los Luises-
dice el guía, y enseguida habla de ellos, sus gustos, costumbres y sus
enfermedades, tema último que me atrae por razones obvias: Luis XIII inició la
construcción y lo uso preferiblemente como coto de caza. Murió de la enfermedad
de Crohn con dolores abdominales y diarrea. Tenía apenas 42 años. Para el Rey
Sol, el verdadero constructor, el palacio fue una isla de placeres y de gran
divertimiento real. Murió a los 76 años de una gangrena senil , que ahora
sabemos pudo ser provocada por una trombo en una arteria esclerosada . Guy
Crescent Fagon, médico y botánico, le diagnosticó ciática cuando se quejó de
dolor en una pierna. Luis XV no tuvo mayor interés en el palacio y se dedicó a la caza en los
bosques de sus alrededores. Murió en 1774 a los 64 años de viruela. Su médico,
Joseph La Martinière, famoso porque después participó en una expedición
marítima alrededor del mundo que nunca regresó, lo trató con sangrías: le cortaban las venas en la
muñeca para que con la sangre derramada salieran los malos humores. En esa
época la viruela era mortal en Europa, pero existían algunos métodos para
evitarlas, practicados en las altas
clases sociales. Es seguro que La
Martinière los ignoraba. En 1796 Edward Jenner, médico inglés amante de
las flores y los pájaros, inventó la vacuna contra la viruela, aunque no fue
sino hasta 1805 cuando Napoleón ordenó la vacunación masiva de sus tropas.
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Cuando
estábamos en la Galería de los Espejos, el guía empezó hablar de la fimosis de
Luis XVI, pero inmediatamente cambió de tema para hacer comentarios sobre el
barroco y el rococó. Sin embargo, sus disertaciones líricas fueron
interrumpidas con un alerta: en los estrechos pasillos del Palacio de Versalles también deambulan carteristas,
practicantes de la tercera forma francesa de robar en Paris, es decir:
sigilosamente, en silencio. Las otras dos formas pertenecen preferible pero no
exclusivamente a los gitanos: en la
primera se acercan para que llenes una planilla bajo cualquier pretexto , y en
la segunda te muestran una prenda y te preguntan si es tuya. El robo lo cometen
cuando entran en confianza aplicando la tercera forma de hurto.
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PARÍS
Sopla un viento frió y las urracas graznan.
Pasamos por el túnel Ambrosio Paré, el padre de la cirugía moderna; en el
puente de Mirabeau recordé las
tertulias que sostuve con el Mocho Celestino
Ledezma en Las Mercedes del Llano sobre este conde y su oratoria encendida que
inflamaba los sentimientos revolucionarios de la plebe ; en la Plaza la
Concordia no pude evitar evocar a mi padre, Alfonso Malaspina, quien me hablaba
de la Revolución Francesa, de Rosbespierre
y Danton. El primero era una rata, según el segundo. Ambos murieron
guillotinados. Danton fue ejecutado a instancias de su antiguo amigo
Robespierre, a quien cuando le llegó su turno no le salían palabras porque la
sangre de su compañero lo ahogaba…Eso eran los comentarios de mi padre. También
hablaba de que el abuelo Michel Malaspina presenció una
ejecución con guillotina y vio la cabeza rodar moviendo los labios. La
guillotina era salvaje , cruel, decía el viejo… Pero apareció precisamente como
un método más humano para aplicar la
pena capital. Para evitar sufrimientos
innecesarios al reo. Foucault en El cuerpo de los condenados
habla de las torturas a que fue sometido
Damiens por atentar contra la vida de Luis XV: se le desvistió, su mano derecha
fue quemada aplicándole azufre caliente, con unas tenazas al rojo vivo le
arrancaron pedazos de carne y le pincharon las tetillas, sobre las heridas
vertieron plomo líquido y cera hirviente. Amarraron sus extremidades a cuatro
caballos para descuartizarlo, y como los equinos no lograban despedazarlo los
verdugos cortaron las articulaciones y tendones con afilados cuchillos. Luego
los restos todavía vivientes fueron lanzados al fuego. Por eso el cirujano
Joseph Ignace Guillotin propuso recurrir a un artefacto antiguo que luego llevó
su nombre para lograr una muerta rápida y digna. El aparato decapitador fue
mejorado por una fabricante de instrumentos musicales bajo la dirección del
Secretario de la Academia de Cirugía de París.
¿Acaso
no es la guillotina en antecedente más remoto de la Medicina Paliativa, esa
especialidad que procura evitar el dolor y los síntomas estresantes en los
enfermos terminales?
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En
la librería Shakespeare , frente a la Catedral de Notre Dame, con su piano, sus
espejos y una vieja máquina de escribir, sólo puedes pensar en el cuento de
Borges La Biblioteca de Babel. Los libros están en todas partes: en los
estantes, en los anaqueles, en mesas, en
cada rincón, en las escaleras, en los estrechos pasillos. ¿Será esta estancia
abarrotada de libros, colocados de todas las
maneras posibles una biblioteca barroca? La identificación con esta
librería es superior a la que he tenido con cualquier otra, porque hay una
atmósfera, un ambiente que te reconforta, y no es necesario recurrir al psicoanálisis para entender que
en fondo quisiera que mi casa fuese así: con todas sus paredes cubiertas de
libros. Por aquí deambularon Sylvia Beach, Miller y Sartre y otros grandes de
la literatura. Por eso los visitantes dejan sus escritos, sus papeles y sus
libros. Lamento no cargar uno de los míos para abandonarlo entre los miles de
tomos. Una botella con una nota lanzada al mar sin ninguna otra pretensión que
cumplir con un ritual tradicional de este sitio donde convergen los sueños de
los amantes de la lectura.
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Una
anciana camina por un parque. Viste un camisón rosado y arrastra los pies
lentamente. La acompaña un gato negro, muy viejo con su pelaje raído y
desgarbado, que lleva con un cordel. Ambos se detienen de vez en cuando .El
gato levanta la cabeza hacia su ama, y luego siguen su triste tambaleante paseo. Son dos ancianos que se entienden muy
bien En alguna novela leí que la vejez no era una lucha sino una masacre. Veo a
las montañas reducidas a migajas, como diría un sabio oriental, y recuerdo unos
versos de Safo :
Ya
mi piel está arrugada por la vejez
y
mis negros cabellos se tornaron canos;
débiles
son ya mis manos, débiles mis rodillas
que
no quieren llevarme.
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Cae
la tarde y poco a poco la ciudad se ilumina. Paseamos por el Sena. El barco se
desplaza lentamente y cuando aparecen el Louvre y la torre de Eiffel, uno de los mejicanos que
nos acompañan en la mesa habla del determinismo geográfico y afirma que el Sena
es la historia viva de Francia porque en
la medida que navegas los monumentos hablan por sí solos. Pero también puede
ser la historia muerta- dice otro, bromeando- porque a estas aguas lanzaron las cenizas de Juana
de Arco, y Napoleón quiso que lo enterraran en una de estas riberas.
Nos
sirven vino tinto Barón Duval que degustamos con salmón, mejillones y quesos.
Natalia y yo brindamos. Entre copa y copa se habla de la Belle Époque cuando
pasamos bajo un puente con sus acabados arquitectónicos majestuosos y adornados
con unas estatuas de Pegasos.
Con
las primeras sombras el Sena se torna rojizo, y a lo lejos se divisan
candelabros y faroles.
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En
este aposento sagrado se mezclan la religión, la historia, la filosofía y la
literatura. Puedes orar, buscar las huellas de Napoleón, escuchar las campanas
de Quasimodo y sentir el fuego de la pasión que inspiraba a Esmeralda.
Torres
monumentales con grandes ventanales, arcos vitrales, bóvedas y paredes que
algunos catalogan de sinfonía de piedras llenas de historia.
Los
rayos del sol penetran los cristales coloridos para que Dios se manifieste a
través de la luminosidad. La deidad
superior sólo existe de dos maneras: dentro del hombre, en la bondad; y fuera
de él, en la luz.
“La
catedral es el refugio hospitalario de todos los infortunios. Los enfermos que
iban a Nótre-Dame de París a implorar a Dios alivio para sus sufrimientos permanecían
allí hasta su curación completa. Se les destinaba una capilla, situada cerca de
la segunda puerta y que estaba iluminada por seis lámparas. Allí pasaban las
noches. Los médicos evacuaban sus consultas en la misma entrada de la basílica,
alrededor de la pila del agua bendita. Y también allí celebró sus sesiones la Facultad
de Medicina, al abandonar la Universidad, en el siglo XIII, para vivir
independiente, y donde permaneció hasta 1454…”. Eso dice Fulcanelli en el
Misterio de las Catedrales.
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