domingo, 12 de noviembre de 2017

VERSALLES-PARÍS


SÁBADO. 30 DE AGOSTO
VERSALLES
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El día es claro y seco. Tenemos el cuerpo adolorido de tanto subir y bajar escaleras en el Louvre. Vamos al bosque de Bolonia poblado de lagos entre olmos cedros y castaños.  Luego al bosque de Saint Cloud y más tarde  nos dirigimos  al Palacio de Versalles con sus extensos y hermosos jardines.
Las innumerables estatuas que nos remiten a la mitología griega, los estanques, las fuentes y la música clásica de fondo nos hacen creer que es cierto  lo afirmado por uno de los reyes franceses: aquí se pueden sostener charlas divinas. Se dice que el palacio se inauguró con recitales de poemas medievales y con el Tartufo de Moliere.
 Versalles fue la residencia de los Luises- dice el guía, y enseguida habla de ellos, sus gustos, costumbres y sus enfermedades, tema último que me atrae por razones obvias: Luis XIII inició la construcción y lo uso preferiblemente como coto de caza. Murió de la enfermedad de Crohn con dolores abdominales y diarrea. Tenía apenas 42 años. Para el Rey Sol, el verdadero constructor, el palacio fue una isla de placeres y de gran divertimiento real. Murió a los 76 años de una gangrena senil , que ahora sabemos pudo ser provocada por una trombo en una arteria esclerosada . Guy Crescent Fagon, médico y botánico, le diagnosticó ciática cuando se quejó de dolor en una pierna. Luis XV no tuvo mayor interés  en el palacio y se dedicó a la caza en los bosques de sus alrededores. Murió en 1774 a los 64 años de viruela. Su médico, Joseph La Martinière, famoso porque después participó en una expedición marítima alrededor del mundo que nunca regresó, lo trató   con sangrías: le cortaban las venas en la muñeca para que con la sangre derramada salieran los malos humores. En esa época la viruela era mortal en Europa, pero existían algunos métodos para evitarlas, practicados en las altas  clases sociales. Es seguro que La  Martinière los ignoraba. En 1796 Edward Jenner, médico inglés amante de las flores y los pájaros, inventó la vacuna contra la viruela, aunque no fue sino hasta 1805 cuando Napoleón ordenó la vacunación masiva de sus tropas.
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Cuando estábamos en la Galería de los Espejos, el guía empezó hablar de la fimosis de Luis XVI, pero inmediatamente cambió de tema para hacer comentarios sobre el barroco y el rococó. Sin embargo, sus disertaciones líricas fueron interrumpidas con un alerta: en los estrechos pasillos del Palacio  de Versalles también deambulan carteristas, practicantes de la tercera forma francesa de robar en Paris, es decir: sigilosamente, en silencio. Las otras dos formas pertenecen preferible pero no exclusivamente  a los gitanos: en la primera se acercan para que llenes una planilla bajo cualquier pretexto , y en la segunda te muestran una prenda y te preguntan si es tuya. El robo lo cometen cuando entran en confianza aplicando la tercera forma de hurto.
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PARÍS
 Sopla un viento frió y las urracas graznan. Pasamos por el túnel Ambrosio Paré, el padre de la cirugía moderna; en el puente de Mirabeau  recordé las tertulias  que sostuve con el Mocho Celestino Ledezma en Las Mercedes del Llano sobre este conde y su oratoria encendida que inflamaba los sentimientos revolucionarios de la plebe ; en la Plaza la Concordia no pude evitar evocar a mi padre, Alfonso Malaspina, quien me hablaba de la Revolución Francesa, de Rosbespierre  y Danton. El primero era una rata, según el segundo. Ambos murieron guillotinados. Danton fue ejecutado a instancias de su antiguo amigo Robespierre, a quien cuando le llegó su turno no le salían palabras porque la sangre de su compañero lo ahogaba…Eso eran los comentarios de mi padre. También hablaba  de que  el abuelo Michel Malaspina presenció una ejecución con guillotina y vio la cabeza rodar moviendo los labios. La guillotina era salvaje , cruel, decía el viejo… Pero apareció precisamente como un  método más humano para aplicar la pena capital. Para  evitar sufrimientos innecesarios al reo. Foucault en El cuerpo de los condenados habla  de las torturas a que fue sometido Damiens por atentar contra la vida de Luis XV: se le desvistió, su mano derecha fue quemada aplicándole azufre caliente, con unas tenazas al rojo vivo le arrancaron pedazos de carne y le pincharon las tetillas, sobre las heridas vertieron plomo líquido y cera hirviente. Amarraron sus extremidades a cuatro caballos para descuartizarlo, y como los equinos no lograban despedazarlo los verdugos cortaron las articulaciones y tendones con afilados cuchillos. Luego los restos todavía vivientes fueron lanzados al fuego. Por eso el cirujano Joseph Ignace Guillotin propuso recurrir a un artefacto antiguo que luego llevó su nombre para lograr una muerta rápida y digna. El aparato decapitador fue mejorado por una fabricante de instrumentos musicales bajo la dirección del Secretario de la Academia de Cirugía de París.
¿Acaso no es la guillotina en antecedente más remoto de la Medicina Paliativa, esa especialidad que procura evitar el dolor y los síntomas estresantes en los enfermos terminales?
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En la librería Shakespeare , frente a la Catedral de Notre Dame, con su piano, sus espejos y una vieja máquina de escribir, sólo puedes pensar en el cuento de Borges La Biblioteca de Babel. Los libros están en todas partes: en los estantes,  en los anaqueles, en mesas, en cada rincón, en las escaleras, en los estrechos pasillos. ¿Será esta estancia abarrotada de libros, colocados de todas las  maneras posibles una biblioteca barroca? La identificación con esta librería es superior a la que he tenido con cualquier otra, porque hay una atmósfera, un ambiente que te reconforta, y no es necesario  recurrir al psicoanálisis para entender que en fondo quisiera que mi casa fuese así: con todas sus paredes cubiertas de libros. Por aquí deambularon Sylvia Beach, Miller y Sartre y otros grandes de la literatura. Por eso los visitantes dejan sus escritos, sus papeles y sus libros. Lamento no cargar uno de los míos para abandonarlo entre los miles de tomos. Una botella con una nota lanzada al mar sin ninguna otra pretensión que cumplir con un ritual tradicional de este sitio donde convergen los sueños de los amantes de la lectura.
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Una anciana camina por un parque. Viste un camisón rosado y arrastra los pies lentamente. La acompaña un gato negro, muy viejo con su pelaje raído y desgarbado, que lleva con un cordel. Ambos se detienen de vez en cuando .El gato levanta la cabeza hacia su ama, y luego siguen su triste tambaleante  paseo. Son dos ancianos que se entienden muy bien En alguna novela leí que la vejez no era una lucha sino una masacre. Veo a las montañas reducidas a migajas, como diría un sabio oriental, y recuerdo unos versos de  Safo :
Ya mi piel está arrugada por la vejez
y mis negros cabellos se tornaron canos;
débiles son ya mis manos, débiles mis rodillas
que no quieren llevarme.
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Cae la tarde y poco a poco la ciudad se ilumina. Paseamos por el Sena. El barco se desplaza lentamente y cuando aparecen el Louvre y  la torre de Eiffel, uno de los mejicanos que nos acompañan en la mesa habla del determinismo geográfico y afirma que el Sena es la historia  viva de Francia porque en la medida que navegas los monumentos hablan por sí solos. Pero también puede ser la historia muerta- dice otro, bromeando- porque  a estas aguas lanzaron las cenizas de Juana de Arco, y Napoleón quiso que lo enterraran en una de estas riberas.
Nos sirven vino tinto Barón Duval que degustamos con salmón, mejillones y quesos. Natalia y yo brindamos. Entre copa y copa se habla de la Belle Époque cuando pasamos bajo un puente con sus acabados arquitectónicos majestuosos y adornados con unas estatuas de Pegasos.
Con las primeras sombras el Sena se torna rojizo, y a lo lejos se divisan candelabros y faroles.
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En este aposento sagrado se mezclan la religión, la historia, la filosofía y la literatura. Puedes orar, buscar las huellas de Napoleón, escuchar las campanas de Quasimodo y sentir el fuego de la pasión que inspiraba a Esmeralda.
Torres monumentales con grandes ventanales, arcos vitrales, bóvedas y paredes que algunos catalogan de sinfonía de piedras llenas de historia.
Los rayos del sol penetran los cristales coloridos para que Dios se manifieste a través de la luminosidad.  La deidad superior sólo existe de dos maneras: dentro del hombre, en la bondad; y fuera de él, en la luz.
“La catedral es el refugio hospitalario de todos los infortunios. Los enfermos que iban a Nótre-Dame de París a implorar a Dios alivio para sus sufrimientos permanecían allí hasta su curación completa. Se les destinaba una capilla, situada cerca de la segunda puerta y que estaba iluminada por seis lámparas. Allí pasaban las noches. Los médicos evacuaban sus consultas en la misma entrada de la basílica, alrededor de la pila del agua bendita. Y también allí celebró sus sesiones la Facultad de Medicina, al abandonar la Universidad, en el siglo XIII, para vivir independiente, y donde permaneció hasta 1454…”. Eso dice Fulcanelli en el Misterio de las Catedrales.


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