jueves, 9 de noviembre de 2017

PARÍS.29 DE AGOSTO DE 2014.

PARÍS
29 DE AGOSTO. VIERNES
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Juan, un historiador mejicano, habla de Edith Piaf cuando ve la estatua de la famosa cantante y dice que algunas melodías las tomó Julio Jaramillo para sus canciones. En cierto modo-explica- el ecuatoriano copia el espíritu de los temas más sonados de Piaf. Son unas novelas rosas con amantes reunidos por Dios, pero después de la muerte; himnos a los amores perdidos y fogatas, cuyas llamas son alimentadas por los más ingratos recuerdos, porque la mejor manera de seguir viviendo es la práctica permanente del olvido. Termina su explicación cuando pasamos por el Museo del Muelle Branly con su edificio cubierto por el verdor de plantas trepadoras.
El guía habla del Hotel Dieu , el hospital más antiguo de Paris, donde funcionó la Facultad de Medicina. Recordé, entonces, mis clases de anatomía y la nomenclatura francesa, la cual identifica una enfermedad con el nombre de su primer descubridor. Precisamente en esa Casa de Dios  laboraron algunos  médicos gloriosos:  Xavier Bichat, el descubridor de los tejidos; Guillaume Dupuytren, famoso por describir la contractura de la mano que lleva su nombre; Armand Trousseau, quien notó del espasmo en la mano por falta de calcio cuando se mide la presión arterial con un  esfigmomanómetro; además, escribió sobre   la posibilidad de un cáncer cuando aparecen trombosis en lugares inesperados de manera recurrente.
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Desde el café Le Vauban se divisa la hermosa cúpula de Los Inválidos, donde descansa Napoleón. Allí, en medio de un ambiente de paz, Natalia y yo probamos la sopa francesa de cebolla con su rebanada de pan gratinado. En un tiempo este plato fue despreciado por considerarlo propio de cierto tipo de gente, por no decir gentuza: Maupassant lo incluyó entre los gustos gastronómicos de las prostitutas, borrachos y cazadores que solo tenían tiempo para frugalidades en medio de la noche en tabernas de mala muerte  o bajo una fogata, antes de que pasara a la mesa de monjes y reyes para luego descender a todo el pueblo.
 Apenas sales del café aparece una nube de africanos y  sus souvenires ; nos rodean con sus ofertas, las cuales proponen en el idioma del posible comprador porque son poliglotas limitados y  circunstanciales : de cualquier lengua saben cómo saludar y despedirse; así como también los números para realizar las informales y sumariales  transacciones comerciales .
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Estamos en el Louvre. Hace veinticinco años ,cuando Natalia y yo   lo visitamos. mis pasos fueron guiados por el recuerdo de una asignatura que nos dictaba en el liceo de La Mercedes del Llano, Heleno Toledo, un viejo profesor  español. En Educación Artísticas debíamos dibujar las obras pictóricas o escultóricas  más prominentes de todos los tiempos. Por eso nos topamos con la Mona Lisa, el Código de Hammurabi y el Escriba Sentado, entre muchas otras.
 La diferencia con la visita anterior consiste en que ahora se puede fotografiar  la obra cumbre de Leonardo de todas las formas posibles, por lo que desaparecieron los vigilantes incómodos; sin embargo la colocaron muy alejada de los visitantes.
El Louvre lo recorremos tratando de sumergirnos, lo más posible, en ese estado de ebriedad recomendado por Baudelaire para no sentir el tiempo y sus consecuencias que al fin y al cabo nos enrumba inexorablemente hacia el callejón sin salida de la muerte. El bardo se refería no sólo al vino, sino también a otras formas de llegar a la embriaguez más sublime: la del alma, la cual se logra a través de la poesía y la práctica de la virtud en sus más amplias manifestaciones.
Entre salón y salón conversamos con algunos visitantes latinos, porque el buen diálogo es una de esas virtudes embriagantes. Hablamos de las paradojas repetitivas en dos grandes figuras del pensamiento filosófico: Voltaire y Rousseau: enemigos acérrimos en vida y ahora muy juntos en la muerte porque están sepultados ambos en el Panteón uno al lado del otro. ! Voltaire, ateo empedernido, mordaz crítico del cristianismo, con sus huesos en la antigua iglesia de Santa Genoveva !
¡ Rousseau admirado por su Emilio, el tratado filosófico  para educar a los hijos, a quienes  en la intimidad odiaba, y por eso abandonó a sus propios. Bondad por fuera, monstruosidad por dentro !
 Nuestras reflexiones  son interrumpidas por una advertencia: ¡Cuidado, en el Louvre hay carteristas! Pero estamos en Paris, la ciudad de la cultura, el amor, la elegancia y los eufemismos. Aquí no hay ladrones, sólo hay distraídos. Inmediatamente las mujeres se aferran a sus carteras y los hombres tocan sus bolsillos traseros.
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Nos detenemos ante los cuadros de Jacques-Louis David. No se puede hablar de la Revolución Francesa sin pensar en David, el pintor amigo de Robespierre. No se puede hablar del doctor Marat sin imaginárselo mortalmente herido en la  bañera, donde solía curar  su psoriasis, con un brazo caído, mientras el otro sostiene un escrito. Ni se pueden leer los Diálogos de Platón sin asociarlo con su magistral pintura sobre la muerte de Sócrates en acto de tomar la cicuta mientras sus discípulos acongojados escuchan sus últimos consejos. Pero, esos no son las obras que se exponen ante nuestros ojos. Aquí vemos el Rapto de las Sabinas, a Bruto recibiendo los cadáveres de sus hijos a quienes mando a matar por conspirar contra la República de Roma, a Napoleón en su coronación y el Juramento de los Horacios.
Los Horacios eran tres hermanos  trillizos de la  Antigua Roma que se enfrentaron a otros tres hermanos trillizos, los curiacos, de la ciudad   Alba Longa para evitar la guerra entre sus ejércitos. Vencieron los Horacios, quienes antes habían realizado un juramento.
 En alguna parte leí que Simón Bolívar pudo haberse inspirado en el cuadro de David sobre los Horacios para realizar su famoso Juramento del Monte Sacro.
Salimos. En un día soleado con vientos frescos. En los alrededores del Louvre descansamos bajo la sombras de los árboles. Palomas y gorriones saltan de un lado a otro. Unas urracas graznan a lo lejos. Nos detenemos en el Puente de las Artes convertido en Puente del Amor: en sus rejas son cerrados unos candados por los enamorados y luego las llaves son lanzadas sobre las aguas del Sena para que el amor sea eterno. Por aquí también se encontraron la Maga y Oliveira en Rayuela.
  Llegamos hasta el café Los dos Magos, lugar de encuentro de Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Allí conversamos sobre la Divina Comedia, Dante y el pensador de Rodin.
En la noche compramos una botella de champaña y salmón noruego para cenar. Regresamos a la tienda para buscar unas copas, porque es inaceptable beber champaña francesa en vasos de cartón. Con los primeros tragos recuerdo un cuento de Maupassant que me arrancó lágrimas en la adolescencia: Coco. Es la historia de un caballo anciano que es maltratado por un niño, quien no lo alimenta hasta hacerlo morir de hambre.







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