PARÍS
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DE AGOSTO. VIERNES
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Juan,
un historiador mejicano, habla de Edith Piaf cuando ve la estatua de la famosa
cantante y dice que algunas melodías las tomó Julio Jaramillo para sus
canciones. En cierto modo-explica- el ecuatoriano copia el espíritu de los
temas más sonados de Piaf. Son unas novelas rosas con amantes reunidos por Dios,
pero después de la muerte; himnos a los amores perdidos y fogatas, cuyas llamas
son alimentadas por los más ingratos recuerdos, porque la mejor manera de
seguir viviendo es la práctica permanente del olvido. Termina su explicación
cuando pasamos por el Museo del Muelle Branly con su edificio cubierto por el
verdor de plantas trepadoras.
El
guía habla del Hotel Dieu , el hospital más antiguo de Paris, donde funcionó la
Facultad de Medicina. Recordé, entonces, mis clases de anatomía y la
nomenclatura francesa, la cual identifica una enfermedad con el nombre de su
primer descubridor. Precisamente en esa Casa de Dios laboraron algunos médicos gloriosos: Xavier Bichat, el descubridor de los tejidos;
Guillaume Dupuytren, famoso por describir la contractura de la mano que lleva
su nombre; Armand Trousseau, quien notó del espasmo en la mano por falta de
calcio cuando se mide la presión arterial con un esfigmomanómetro; además, escribió sobre la posibilidad de un cáncer cuando aparecen
trombosis en lugares inesperados de manera recurrente.
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Desde
el café Le Vauban se divisa la hermosa cúpula de Los Inválidos, donde descansa
Napoleón. Allí, en medio de un ambiente de paz, Natalia y yo probamos la sopa
francesa de cebolla con su rebanada de pan gratinado. En un tiempo este plato
fue despreciado por considerarlo propio de cierto tipo de gente, por no decir
gentuza: Maupassant lo incluyó entre los gustos gastronómicos de las
prostitutas, borrachos y cazadores que solo tenían tiempo para frugalidades en
medio de la noche en tabernas de mala muerte
o bajo una fogata, antes de que pasara a la mesa de monjes y reyes para
luego descender a todo el pueblo.
Apenas sales del café aparece una nube de
africanos y sus souvenires ; nos rodean
con sus ofertas, las cuales proponen en el idioma del posible comprador porque
son poliglotas limitados y
circunstanciales : de cualquier lengua saben cómo saludar y despedirse;
así como también los números para realizar las informales y sumariales transacciones comerciales .
13
Estamos
en el Louvre. Hace veinticinco años ,cuando Natalia y yo lo
visitamos. mis pasos fueron guiados por el recuerdo de una asignatura que nos
dictaba en el liceo de La Mercedes del Llano, Heleno Toledo, un viejo
profesor español. En Educación
Artísticas debíamos dibujar las obras pictóricas o escultóricas más prominentes de todos los tiempos. Por eso
nos topamos con la Mona Lisa, el Código de Hammurabi y el Escriba Sentado,
entre muchas otras.
La diferencia con la visita anterior consiste
en que ahora se puede fotografiar la
obra cumbre de Leonardo de todas las formas posibles, por lo que desaparecieron
los vigilantes incómodos; sin embargo la colocaron muy alejada de los
visitantes.
El
Louvre lo recorremos tratando de sumergirnos, lo más posible, en ese estado de
ebriedad recomendado por Baudelaire para no sentir el tiempo y sus
consecuencias que al fin y al cabo nos enrumba inexorablemente hacia el
callejón sin salida de la muerte. El bardo se refería no sólo al vino, sino
también a otras formas de llegar a la embriaguez más sublime: la del alma, la
cual se logra a través de la poesía y la práctica de la virtud en sus más
amplias manifestaciones.
Entre
salón y salón conversamos con algunos visitantes latinos, porque el buen
diálogo es una de esas virtudes embriagantes. Hablamos de las paradojas
repetitivas en dos grandes figuras del pensamiento filosófico: Voltaire y
Rousseau: enemigos acérrimos en vida y ahora muy juntos en la muerte porque
están sepultados ambos en el Panteón uno al lado del otro. ! Voltaire, ateo
empedernido, mordaz crítico del cristianismo, con sus huesos en la antigua
iglesia de Santa Genoveva !
¡
Rousseau admirado por su Emilio, el tratado filosófico para educar a los hijos, a quienes en la intimidad odiaba, y por eso abandonó a
sus propios. Bondad por fuera, monstruosidad por dentro !
Nuestras reflexiones son interrumpidas por una advertencia:
¡Cuidado, en el Louvre hay carteristas! Pero estamos en Paris, la ciudad de la
cultura, el amor, la elegancia y los eufemismos. Aquí no hay ladrones, sólo hay
distraídos. Inmediatamente las mujeres se aferran a sus carteras y los hombres
tocan sus bolsillos traseros.
14
Nos
detenemos ante los cuadros de Jacques-Louis David. No se puede hablar de la
Revolución Francesa sin pensar en David, el pintor amigo de Robespierre. No se
puede hablar del doctor Marat sin imaginárselo mortalmente herido en la bañera, donde solía curar su psoriasis, con un brazo caído, mientras el
otro sostiene un escrito. Ni se pueden leer los Diálogos de Platón sin
asociarlo con su magistral pintura sobre la muerte de Sócrates en acto de tomar
la cicuta mientras sus discípulos acongojados escuchan sus últimos consejos.
Pero, esos no son las obras que se exponen ante nuestros ojos. Aquí vemos el
Rapto de las Sabinas, a Bruto recibiendo los cadáveres de sus hijos a quienes
mando a matar por conspirar contra la República de Roma, a Napoleón en su
coronación y el Juramento de los Horacios.
Los
Horacios eran tres hermanos trillizos de
la Antigua Roma que se enfrentaron a
otros tres hermanos trillizos, los curiacos, de la ciudad Alba Longa para evitar la guerra entre sus
ejércitos. Vencieron los Horacios, quienes antes habían realizado un juramento.
En alguna parte leí que Simón Bolívar pudo
haberse inspirado en el cuadro de David sobre los Horacios para realizar su
famoso Juramento del Monte Sacro.
Salimos.
En un día soleado con vientos frescos. En los alrededores del Louvre
descansamos bajo la sombras de los árboles. Palomas y gorriones saltan de un
lado a otro. Unas urracas graznan a lo lejos. Nos detenemos en el Puente de las
Artes convertido en Puente del Amor: en sus rejas son cerrados unos candados
por los enamorados y luego las llaves son lanzadas sobre las aguas del Sena
para que el amor sea eterno. Por aquí también se encontraron la Maga y Oliveira
en Rayuela.
Llegamos hasta el café Los dos Magos, lugar
de encuentro de Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Allí conversamos sobre la Divina
Comedia, Dante y el pensador de Rodin.
En
la noche compramos una botella de champaña y salmón noruego para cenar.
Regresamos a la tienda para buscar unas copas, porque es inaceptable beber
champaña francesa en vasos de cartón. Con los primeros tragos recuerdo un
cuento de Maupassant que me arrancó lágrimas en la adolescencia: Coco. Es la
historia de un caballo anciano que es maltratado por un niño, quien no lo
alimenta hasta hacerlo morir de hambre.
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