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PARÍS
31 DE AGOSTO.DOMINGO
Las
campanadas me despiertan, pero ni siquiera veo el reloj para precisar la hora.
El día es soleado y salgo a caminar. Hago un recorrido por muchas calles
solitarias y llego hasta una tienda con pocos clientes. Regreso con un ramo de
rosas: hoy es el cumpleaños de Natalia. Se las obsequio y bromeo: le digo que no son rosas como otras,
son rosas parisinas.
Llegamos hasta el Barrio Latino .Recorremos
las calles medievales repletas de cafetines y tiendas. En nuestro paseo pasamos
por la Sorbona, el Colegio Francés y nos detenemos ante una estatua de Claude
Bernard, el padre de la Medicina Experimental. Nos perdemos entre el
tumulto de gentes. Los expendios de
comidas exponen en sus vitrinas con exquisiteces que abren el apetito:
camarones cubiertos de salsas adornados, lechones en brasas, frutas de todos
los confines del mundo; manjares que veo por primera vez…Miro al suelo y me
encuentro con un pájaro muerto, como para
recordarnos que la vida tiene su contraparte segura, inevitable, la cual
nunca debemos olvidar. El ave hermosa está con su pico hacia el cielo, sus alas
extendidas y sus patas recogidas. Tengo ante mí una clara invitación para
reflexionar en el propio barrio de los
intelectuales y de los bohemios que ha inspirado a muchos artistas. Murger, el
apologista de la bohemia dice que la misma es el examen de aptitud de la vida artística;
es el prefacio de la academia, del hospital o de la morgue; y remata que la bohemia sólo existe en París y
no puede existir más que en París.
Nos
sentamos en un cafetín y pedimos una copa de vino.
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Anoche
leí hasta muy tarde “La incógnita del hombre”, de Alexis Carrel. Fue publicado
en 1934 y ya se planteaba el problema
del conocimiento desde la perspectiva de la cantidad. Carrel dice: “El
inmenso número de conocimientos que poseemos hoy día sobre el hombre, es un
obstáculo para su empleo. Para que resulte utilizable, nuestro conocimiento
debe ser sintético y breve”.
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