lunes, 20 de noviembre de 2017

LONDRES- WINDSOR

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MARTES -2 DE SEPTIEMBRE
LONDRES
Son las seis de la mañana. El día es soleado con un viento fresco. Visitamos algunos sitios históricos: el Albert Memorial , el  Royal Albert Hall, la abadía de Westminster, el palacio de Westminster  y  Trafalgar  Square.
 En Hyde Park llegamos hasta el memorial de los animales caídos en guerras en las diferentes campañas británicas. Allí hay varias inscripciones, pero las más llamativas son estas: "No tenían otra opción" y "Su contribución no debe olvidarse nunca."
Nos hablan de las historias grandes cuando observamos la ceremonia de cambio de guardia en   el palacio de Buckingham., pero las que se graban en la mente son las pequeñas y curiosas: durante la Primera Guerra Mundial uno de los  sacrificios más difíciles del rey Jorge V consistió en no abrir sus bodegas de vino para dar el ejemplo a su pueblo con su abstinencia.
Un conjunto residencial tienen una modalidad digna de copiarse en nuestros pueblos donde la inseguridad reina: tienen plazas sólo para ser usadas por sus vecinos, quienes poseen las llaves de sus entradas.
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Luego de visitar los jardines de Grosvenor salimos de Londres. Bajo un cielo nebuloso a lo lejos se ven las cúpulas  de casas de piedra. La arboleda se combina con  mosaicos  de llanuras verdiamarillas  y algunos espacios claros. Entre las colinas algunos pastores acompañan a sus ovejas. Las aldeas apacibles con sus casas y sus callejuelas limpias y solitarias parecen salidas de cuentos infantiles. Vemos bosques, granjas y arroyos. Entre algunos sembradíos se elevan unos árboles violetas. Luego, unos muros de piedra cubiertos de enredaderas multicolores dan paso a unos pinos detrás de los cuales se esconden unas pequeñas torres. Al frente, unas ovejas pastan.
Unas casas tienen chimeneas  muy elevadas,  techos oscuros y fachadas con flores colgantes multicolores y placas o tablillas, seguramente con anuncios. Una vivienda se destaca por su jardín, en cuyo centro hay un lago con pequeños puentes de madera.
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WINDSOR
Camino hacia Windsor entramos a Datchet, pueblo del Támesis donde vivió William Herschel, músico y astrónomo descubridor de Urano. En su jardín construyó un telescopio, con el cual “rompió la barrera de los cielos”. La familia real le puso un sueldo para que viviera en Windsor y así poder ver también las estrellas con los instrumentos y lentes del científico; porque para eso vivimos, decía Tales de Mileto: para observar el cielo.
Antes de entrar al castillo paseamos por los jardines entre olmos y castaños. En una de las entradas de esta gigantesca construcción medieval está un soldado de la guardia de honor con su armamento reglamentario: muy alto, inmóvil, con pantalones oscuros, camisa roja, enormes zapatos negros y con la cabeza cubierta con un gorro negro invernal. La gente se toma fotografías con el soldado, y a pesar de una inscripción que prohíbe tocarlo, algunas mujeres se le acercan más de la cuenta y colocan sus manos sobre sus brazos, y hasta sus senos, en un intento pueril de constatar que  no es una estatua.
En el interior del castillo nos piden poner atención a los arcos y ventanales, incluso antes de detenernos ante algunas pinturas de famosos artistas. Entro a la Capilla de San Jorge y sólo quiero ver la tumba de Enrique VIII. En mi mal inglés le pregunto a una monjita que me encuentro en el camino. Me orienta en mi búsqueda y me sorprendo porque la misma está en el suelo a merced de las pisadas de los visitantes. La monjita nota mi sorpresa y se sonríe, mientras asimilo el momento:!Aquí está, bajo mis pies, el rey obeso de rica vestimenta que conocí en el  bachillerato y  despertó mi curiosidad, admiración y rechazo por sus desmanes! La vida es nada, o tal vez un poquito más allá: una ilusión.

   Salimos a dar una vuelta por la ciudad y entramos al pub con nombre elocuente: Los duques de Cambridge. Aquí hay una enorme fotografía del príncipe Carlos con su falda escocesa alzando una copa cuando visitó este bar. Natalia y yo brindamos con cerveza amarga.

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