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MARTES
-2 DE SEPTIEMBRE
LONDRES
Son
las seis de la mañana. El día es soleado con un viento fresco. Visitamos algunos
sitios históricos: el Albert Memorial , el Royal Albert Hall, la abadía de
Westminster, el palacio de Westminster
y Trafalgar Square.
En Hyde Park llegamos hasta el memorial de los
animales caídos en guerras en las diferentes campañas británicas. Allí hay
varias inscripciones, pero las más llamativas son estas: "No
tenían otra opción" y "Su contribución no debe olvidarse nunca."
Nos
hablan de las historias grandes cuando observamos la ceremonia de cambio de
guardia en el palacio de Buckingham.,
pero las que se graban en la mente son las pequeñas y curiosas: durante la
Primera Guerra Mundial uno de los
sacrificios más difíciles del rey Jorge V consistió en no abrir sus
bodegas de vino para dar el ejemplo a su pueblo con su abstinencia.
Un
conjunto residencial tienen una modalidad digna de copiarse en nuestros pueblos
donde la inseguridad reina: tienen plazas sólo para ser usadas por sus vecinos,
quienes poseen las llaves de sus entradas.
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Luego
de visitar los jardines de Grosvenor salimos de Londres. Bajo un cielo nebuloso
a lo lejos se ven las cúpulas de casas
de piedra. La arboleda se combina con
mosaicos de llanuras verdiamarillas y algunos espacios claros. Entre las colinas
algunos pastores acompañan a sus ovejas. Las aldeas apacibles con sus casas y
sus callejuelas limpias y solitarias parecen salidas de cuentos infantiles.
Vemos bosques, granjas y arroyos. Entre algunos sembradíos se elevan unos
árboles violetas. Luego, unos muros de piedra cubiertos de enredaderas
multicolores dan paso a unos pinos detrás de los cuales se esconden unas
pequeñas torres. Al frente, unas ovejas pastan.
Unas
casas tienen chimeneas muy elevadas, techos oscuros y fachadas con flores
colgantes multicolores y placas o tablillas, seguramente con anuncios. Una
vivienda se destaca por su jardín, en cuyo centro hay un lago con pequeños
puentes de madera.
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WINDSOR
Camino
hacia Windsor entramos a Datchet, pueblo del Támesis donde vivió William
Herschel, músico y astrónomo descubridor de Urano. En su jardín construyó un
telescopio, con el cual “rompió la barrera de los cielos”. La familia real le
puso un sueldo para que viviera en Windsor y así poder ver también las
estrellas con los instrumentos y lentes del científico; porque para eso
vivimos, decía Tales de Mileto: para observar el cielo.
Antes
de entrar al castillo paseamos por los jardines entre olmos y castaños. En una
de las entradas de esta gigantesca construcción medieval está un soldado de la
guardia de honor con su armamento reglamentario: muy alto, inmóvil, con
pantalones oscuros, camisa roja, enormes zapatos negros y con la cabeza
cubierta con un gorro negro invernal. La gente se toma fotografías con el
soldado, y a pesar de una inscripción que prohíbe tocarlo, algunas mujeres se
le acercan más de la cuenta y colocan sus manos sobre sus brazos, y hasta sus
senos, en un intento pueril de constatar que
no es una estatua.
En
el interior del castillo nos piden poner atención a los arcos y ventanales,
incluso antes de detenernos ante algunas pinturas de famosos artistas. Entro a
la Capilla de San Jorge y sólo quiero ver la tumba de Enrique VIII. En mi mal
inglés le pregunto a una monjita que me encuentro en el camino. Me orienta en
mi búsqueda y me sorprendo porque la misma está en el suelo a merced de las
pisadas de los visitantes. La monjita nota mi sorpresa y se sonríe, mientras
asimilo el momento:!Aquí está, bajo mis pies, el rey obeso de rica vestimenta
que conocí en el bachillerato y despertó mi curiosidad, admiración y rechazo
por sus desmanes! La vida es nada, o tal
vez un poquito más allá: una ilusión.
Salimos a dar una vuelta por la ciudad y
entramos al pub con nombre elocuente: Los duques de Cambridge. Aquí hay una
enorme fotografía del príncipe Carlos con su falda escocesa alzando una copa
cuando visitó este bar. Natalia y yo brindamos con cerveza amarga.
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