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CALAIS-LONDRES
LUNES.
1 DE SEPTIEMBRE.
Muy
temprano salimos de Paris con un sol resplandeciente y con la neblina
sobre los sembradíos. Vamos hacia Calais para tomar el barco a Londres.
Como a las nueve de la mañana el cielo se nubla y una brisa mueve los árboles.
Más tarde aparecen unos ríos lentos, unos anuncios gigantescos y un bosque de
arces cruzado por una bandada de pájaros. Atravesamos pueblos con pequeñas
casas de madera rodeadas de siembras de maíz.
Al
transcurrir dos horas de viaje llegamos a
Arrás, la ciudad natal de Robespierre y por donde pasó Juana de Arco, ya
prisionera, camino hacia la hoguera.
Ya
estamos en Calais donde se encuentra el famoso grupo escultural Los Burgueses
de Calais, el cual materializa las grandezas y
miserias del alma humana. Calais fue sitiada por los ingleses en 1346.
La gente moría de hambre y sed. Eduardo III , rey de Inglaterra, propuso
perdonar la vida a los habitantes si seis hombres notables de la ciudad se
rindieran ante él, junto con las llaves de la ciudad, vestidos en camisón y con
una soga amarrada a sus cuellos.
Seis
ciudadanos ricos de Calais se ofrecieron para el sacrificio para salvar a sus
conciudadanos. El rey los recibió e inmediatamente los mandó al patíbulo. Uno
de los presidiarios le suplico que no lo hiciera porque ellos se habían
entregado voluntariamente. El rey capto el gesto heroico de sus enemigos y se
enojó más. Sólo se detuvo en sus intenciones vengativas cuando su esposa le
suplicó, llorando, que perdonara a los presos, quienes más tarde, como en los
cuentos de hadas, fueron liberados. Esta vieja historia habla de la ira de los
hombres, su crueldad y sed de venganza;
pero también de su capacidad y posibilidad de detenerse ante un abismo.
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Ya
vemos los acantilados en la costa de Dover: enormes rocas blancas, misteriosas
e imponentes. El barco se detiene y una gaviota se posa sobre la proa. A lo
lejos se divisa un castillo. Son casi
las cuatro de una tarde oscura. Las palomas parecen dormitar sobre las
chimeneas.
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Llueve
lentamente cuando entramos a Londres. Con la zurda tomaban las riendas del
caballo y con la derecha la espada en tiempos medievales; y así es el tránsito
en Inglaterra. Eso nos dicen. Después de pasear en la noche por la calle
Piccadilly nos vamos a un pub o bar inglés con sus estantes de madera con
bellos acabados repletos de botellas, barriles y sifones. Los ventanales con
sus vitrales proyectan luces sosegadas. Con cerveza amarga y espumosa conversamos
de La ratonera, de Agata Christie , El
fantasma de la opera de Gastón Leroux y la película Mary Poppins. No recuerdo
porque abordamos los dos primeros temas, pero sí lo del film musical por lo de
las chimeneas que aparecen en el mismo y que hoy en Londres tienen valor
histórico y desde las cuales se puede
ver al mundo de otra manera, privilegio que sólo tienen o tenían los
hollinadores , los pájaros y las estrellas, según el mencionado film.
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