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Camino
hacia La Haya entramos a Delf, ciudad que asocio inmediatamente a un nombre y a
un instrumento: Antonio Van Leeuwenhoek y su
microscopio, el cual mejoró para hacer descubrimientos sorprendentes en el
siglo XVII: demostró la existencia de un mundo invisible al ojo humano, el de
los seres extremadamente pequeños, ahora denominados microscópicos.
Él comenzó a observar bacterias y
protozoarios, sus "animálculos muy pequeños," que él podía aislar de
diversas fuentes, tales como agua de lluvia, charcas y la boca y el intestino humanos. Concluyó que los objetos móviles que él vio a través de su microscopio
eran pequeños animales. Él registró estas
observaciones en su diario.
Él descubrió "animálculos" hasta en sus propios dientes. Se despertaba en la mañana, se
sacaba material de sus dientes y observaba bajo el microscopio unos animalitos.
Luego tomaba una bebida caliente y constataba que al sacar nuevamente material
de sus dientes, los animalitos desaparecían. La pasta dental, tal y como la
conocemos ahora, todavía no se había inventado.
El primer capítulo del extraordinario libro de Paul De Kruif “Cazadores de microbios” está
dedicado a Leeuwenhoek. Ese libro lo recomiendo a todos los estudiantes de
Medicina, y en general a todo universitario, y sus primeras palabras son impactantes: “Hace doscientos cincuenta
años que un hombre humilde, llamado Leeuwenhoek, se asomó por vez primera a un
mundo nuevo y misterioso poblado por millares de diferentes especies de seres
diminutos, algunos muy feroces y mortíferos, otros útiles y benéficos, e,
incluso, muchos cuyo hallazgo ha sido más importantísimo para la Humanidad que
el descubrimiento de cualquier continente o archipiélago”.
Luego dice: “Antonio van Leeuwenhoek nació en 1632, entre los azules
molinos de viento, las pequeñas calles y los amplios canales de Delft, Holanda”.



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