EN LA PLAZA ESPAÑA DE BRUSELAS
39
Caminamos
hasta la Plaza España de Bruselas. Allí está un complejo escultórico dedicado a
Don Quijote y Sancho Panza, el primero sobre Rocinante, por supuesto, y Sancho sobre su jumento. El Quijote fue uno
de los primeros libros que me leí. Desde los doce años yo solía visitar la librería de
doña Yole, allá en Las Mercedes del Llano. En ese recinto de libros, papeles y
lápices vi un tomo preciosamente
empastado. Tenía unos jinetes en la portada. “Es un libro de aventuras. Muy
bueno. Te encantará. Vale cinco”, dijo
Doña Yole, y me lo dio para hojearlo. Por varias veces me acerqué a
la tienda para observar el libro en el estante. Aún no reunía el dinero.
Un día Doña Yole me dijo: sé que vienes por el libro, ¿cuánto tienes? Tres,
contesté tímidamente. Llévatelo, fue la respuesta. Desde entonces colecciono
ejemplares de El Quijote.

Natalia
y yo nos sentamos bajo las esculturas del caballero y su escudero, llenas de
grafitis en sus bases, para hacer una pausa y meditar. Recuerdo algunas
anécdotas relacionadas con Don Quijote.
Cuando
al doctor Thomas Sydenham (1624-1689), llamado el Hipócrates inglés, le
preguntaron qué se necesita para ser buen médico, inmediatamente contestó: la
primera condición es leerse a Don Quijote de la Mancha. Dostoievski, el padre
de la novela sicológica, una vez dijo: si en el Más Allá me preguntan qué ha
hecho el hombre, guardaré silencio y mostraré un ejemplar de Don Quijote. Según
Arturo Uslar Pietri, Simón Bolívar revolucionó la lengua española por sus
conceptos precisos y sus apreciaciones e interpretaciones geniales en el
momento exacto. Cuando el Libertador llegó a su última morada, a la Quinta de
San Pedro Alejandrino, indagó por libros a su dueño, don Joaquín de la Mier,
quien le contestó apenado: mi biblioteca es muy pobre. Bolívar, luego de
revisar el estante con los volúmenes, expresó: su biblioteca es muy rica, tiene
a Rousseau, que describe al hombre como es, y a Cervantes que en su Quijote
describe al hombre como debería ser.